El escritor, su tiempo y su obra. Héctor Libertella

La Libreria Argentina de Libertella tapaLa librería argentina

I

LUNÁTICOS

La lectura solar se practica en la cubierta de este barco del lado de arriba, Superficie / sentina . Envejece al texto porque lo deja prisionero de una sola mirada; lo interpreta. Allá arriba, en efecto, los libros se amarillean como el papel y la tinta.
De tanta luz que despide, el lector omnímodo hace todo paradójicamente ilegible.
Acá abajo en cambio, en la sentina del barco, el agua se ha filtrado y deshizo en parte los volúmenes. Para recuperarlos serán necesarios distintos tratamientos de la sustancia. La bodega está oscura y el ojo lee un poco a ciegas, un poco a tientas. (Tendremos que adivinar las letras bajo la capa de agua.)
Aquí es donde la literatura argentina se somete a la correosa materia líquida. Algo habrá en los libros, algo de blando y difícil de atrapar, como si fueran peces, pequeños: pequeños seres líquidos que se adueñaron de todos los rincones.

JOSÉ EDMUNDO CLEMENTE, bibliotecario: “La humedad de un texto, mal que mal, puede solucionarse. Pero si hay algo destructor es la luz del sol. Un texto quemado es un texto perdido”.

III

EL CORTE

ANTIGUA “Librería” de calle Reconquista n° 72, Buenos Aires. Regreso de alguna planta de este edificio. Vengo, tal vez sin haber salido del barco, para recordar que dos horas atrás compré en el salón de venta al público el conjunto de ficciones que dará origen a este volumen. De un anaquel a otro se desplazaban viejos, queridos relatos (ellos vuelven y vuelven en casi todas las páginas). Y así exactamente como dispuse ese material en mi portafolios, bajé entonces al azar de un Coloquio Internacional de Crítica programado en el entrepiso.
Encontré en ese Coloquio, cómo llamarla, una especie de unción hacia los antepasados, una suerte de siesta tendida a la sombra de ellos, la rutina casi antropofágica de querer “comerles” su estilo, su persona, su genio. De modo que, leyendo los libros de mi maletín, yo pensaba: ¡pero si Argentina es exactamente al revés; no las lecturas comunes de una tradición, sino una tradición de lectura! ¿No será ahí donde se genera lo distinto o diferencial de cada grupo? ¿Por qué no trabajar un poco esa loca noción de Nación? ¿Cuáles serán las bisagras, los roces de goznes de piezas de su maquinaria, cuál el anzuelo que cualquier lector ha lanzado al pique de la letra desde que empezó a leer, desde chico? ¿Será aquí de una manera, y en otros lugares de otra manera? Estar hurgando allá abajo, en el entrepiso, entre esos “efectos personales” de los libros de mi portafolios o neceser, me permitía pensar en escala ciertos problemas de distancia y diferencia aplicados a los hechos enigmáticos de la lectura. (1)

(1) En el barrio neoyorkino de Queens, como en otras ciudades del ancho mundo, ciertas carnicerías exhiben pizarrones con el dibujo de vacas cuidadosamente seccionadas por líneas de puntos. Un título grande, – ¿marca de fábrica? – debajo de la vaca dice: EL CORTE ARGENTINO

La librería argentina
Héctor Libertella.
Córdoba [Argentina]: Alción Editora, 2003.
112 págs. ; 21 cm.

Dice Gonzalo León para Revista Ñ sobre Héctor Libertilla, su escritura y el libro La librería argentina:
“La Librería Argentina (Alción, 2003). La estructura que se repite –capítulos breves, no necesariamente conectados, que recurre a distintos géneros (algunos más ensayísticos, incluso presentaciones de libros, y otros derechamente poemas)–, podríamos llamarla, en lenguaje libertelliano, la arquitectura.

La Librería…, pese a ser un libro más ensayístico, tiene esta arquitectura. Aunque comienza con un texto que podría estar en un libro de narrativa: “La lectura solar se practica en la cubierta de este barco, del lado de arriba, superficie/sentina”. En La arquitectura…, en cambio, las primeras páginas bien podrían ser el inicio de un libro de ensayos […]

[…] otra de sus preocupaciones: la vanguardia. Ser o descubrir qué es vanguardia. En Librería… dedica un capítulo entero a analizar la obra de Daniel Guebel (Arnulfo, La perla del emperador, entre otros) y lo que vendría siendo “vanguardia en los años noventa”.

Nos podemos detener en otro cóctel que ofrece en La Librería…, al asociar a Kafka y a Borges con un ministro de estado francés: “Lo kafkiano y lo borgeano son adjetivos o atributos atribuibles a Kafka o a Borges. Pero qué decir cuando es un sustantivo el que emerge de un apellido. Desde la misma tapa, el título de este libro (se refiere a Siluetas de Luis Chitarroni) remite a Etienne de Silhouette, aquel severo ministro de Finanzas que dibujaba a los contribuyentes del estado como contornos en un pizarrón. Su nombre propio creó una Francia hecha de millones de ‘siluetas’”. No es casual la presencia fantasmagórica de Borges en los libros de Libertella, hay algo ahí que nos da una pista de lo que desarrollará como “concepto literario”. Sin ir más lejos, A la santidad… podría interpretarse como la versión libertelliana de Historia universal de la infamia.”
Héctor Libertella nació en Bahía Blanca en el año 1945 y falleció en el 2006.
Enseñó literatura en las universidades de New York, México y Buenos Aires. Fue editor en distintas casas de América Latina y también investigador de carrera en el Conicet.
Sus obras merecieron distinciones tales como el 1° lugar en el Premio Primera Plana, el Paidós de Novela, el Internacional Monte Ávila en Caracas y el Juan Rulfo 1986 concedido en París.

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