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Literatura de la pelota por Roberto Jorge Santoro.

roberto-santoro-literatura-de-la-pelota“¿Quién es Roberto Santoro, Toto, como lo llamaban sus familiares y amigos del barrio, el Pelado, como le decían sus compañeros poetas?” se pregunta Lilian Garrido en el estudio que incluye el libro.

La respuesta nos la da el propio Santoro en la Revista Rescate del 16 de octubre de 1973 “Sangre grupo A, factor Rh negativo, 34 años, una hija, 12 horas diarias a la búsqueda absurda, castradora, inhumana, del sueldo que no alcanza. Dos empleos. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, un infarto en el cuore, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca”.

En la contratapa del libro podemos leer “Roberto Jorge Santoro fue pionero en recopilar textos literarios relacionados con el fútbol. De ojos bien abiertos y oídos muy atentos a las pulsaciones y necesidades de su gente, Santoro descubrió en el fútbol el centro emocional de la ciudad.

Realizó durante años una enorme tarea de búsqueda y selección, recorriendo librerías, bibliotecas y hemerotecas, revisando archivos, entintando sus dedos entre diarios y revistas. Asistente incondicional de las tribunas, y buen jugador, tomó nota también de los cantos de las hinchadas, para dejar testimonio de la creatividad popular.

Decidió desentenderse de las grandes editoriales y editó Literatura de la pelota con sello propio (Editorial Papeles de Buenos Aires) en 1971, con la conciencia de ser el primero en presentar un trabajo de estas características, y con la esperanza de que esta antología futbolera sea el puntapié inicial de futuras antologías.

Santoro abrió un juego que no le dejaron terminar, fue secuestrado por las Fuerzas Armadas en 1977 y continúa desaparecido desde entonces.”

Entre los autores que incluye esta antología futbolera encontramos a Horacio Quiroga, Roberto Arlt, Pablo Rojas Paz, Canal Feijoo, Emilio Breda, Baldomero Fernández Morenom, Bernardo Verbitsky, Sábato, Álvaro Yunque, Diego Lucero, Carlos Giuria, Eduardo Averbuj, Mario Jorge De Lellis y tantos otros.

Santoro, Roberto

Literatura de la pelota – 1a. ed. – Buenos Aires: Ediciones Lea libros, 2007

Presentación de Alejandro Apo – Estudio de Lilian Garrido

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Viaje final. Cuento de Pablo Palacio. Autor que conocí a través de la revista La balandra.

Nacido en Ecuador en 1906, este casi ignorado autor es considerado una rareza por diferenciarse completamente de la literatura que predominaba en su país. Algunos críticos lo han asociado a Kafka, Pirandello, Eça de Queiroz, Proust, Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Vicente Huidobro. Aunque los ecos de todos ellos están en su extensa obra, Palacio sorprende por su personalísima originalidad, la capacidad de moverse entre géneros y la actualidad de sus textos. Con una vida tortuosa, publicó su primer libro a los veinticuatro años: Un hombre muerto a puntapiés, al que le siguió la novela Débora (1927). Completan la piedra angular de su obra “Comedia inmortal”, publicada en 1926 en la revista Esfinge, de Quito, y “Vida del ahorcado” (1932), pero fue autor también de poemas, artículos periodísticos y filosóficos. Acosado por el fantasma de la locura desde 1936, se internó en el manicomio Lorenzo Ponce, de Guayaquil, en el que falleció en 1947.

Fuente: Revista La balandra
Buenos Aires
Link a  Revista La  balandra

Viaje final
Junto a este cubo mío, el otro, sólo un delgado tabique de por medio. En ese cubo vivía mi amigo y éste era el más dulce amigo.
Todos los días nos decíamos.
–¿Cómo has amanecido? Buenos días.
–Hola, buenos días. ¿Cómo has amanecido?
Y nos dábamos palmaditas en las espaldas y sacábamos a los ojos nuestra alegría de camaradas que son dulces amigos.
Nos hemos comunicado nuestros grandes planes y el hambre a los dos juntos nos ha devorado. El mismo ojo agudo, la misma oreja fina.
Luego, ya entrada la noche como una vez amanecido:
–Hasta mañana, Bernardo. Pásalo bien.
–Sueña con los angelitos, Andrés; hasta mañana.
¿Por qué, entonces, ahora, Bernardo, dulce amigo mío, en vez de hacer la despedida de costumbre, has tenido la indiscreción de comunicarme tu próxima muerte y tu deseo de no ser interrumpido?
–Sí, Andrés, adiós. Voy a coger una pulmonía.
Adiós, Bernardo. Ya sabes que yo lo siento inmensamente.
Y has tomado sitio en tu pequeño cubo, asegurando tu soledad por dentro, estirándote de espaldas esperando.
Yo he pasado toda la noche en vela, la oreja pegada al tabique arrodillado de este otro lado de tu lecho.
Primero todo era tranquillo como en el más tranquilo sueño.
Después tosías, ¡cómo tosías, amigo Bernardo! Cúju, cúju. Cúju, cúju. Cúju, cúju.
Ahora te agitas, ahora cruje el lecho. Te levantas, ¿te levantas, amigo Bernardo?…
Agua, agua. Te pasa el agua a grandes golpes por la garganta, como la fuga atropellada de una represa a través de un tubo demasiado estrecho.
Luego te tranquilizas. Ya estás bien así.
Una hora, otra hora.
Me vence el sueño y caigo dormido por un minuto, sólo por un minuto, que yo he pasado toda la noche en vela.
Ahora viene el sobresalto.
Estás muriéndote, Bernardo. Oigo tus quejidos bajitos pero desgarradores. Tus gemidos… Tus gemidos y tus gemidos, ay, ¿hasta cuándo?
Nosotros éramos los más dulces amigos ¡y yo de aquí no puedo moverme para auxiliarte
o por lo menos para verte ahí cerca!
Bernardo, me has ayudado a matar el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mí solo en las horas calladas? Bernardo, me siguen como la sombra tus ojos azules, en medio de lo negro, sin pestañear, dulces, cordero degollado.
Ya aparece, al lado del gemido, un ronquido como de fuelle que quiere aire.
“Ay… ggoro-gorr”… “Ay… ggoro-gorr”
Después ya no hay gemido. Sólo ese ansioso tirar del aire desesperadamente, cada vez más fuerte y más fuerte, llenando todo el cubo con el sonoro escándalo que levantas por no dejarlo. Lo odias y lo amas.
¿Lo amas, Bernardo?
“Ggoro-gorr… Ggoro gorr”
Se hincha el fuelle de tu garganta, ya no hablarás otra vez conmigo.
Ya el ronquido se debilita. Cada vez más bajo, más bajo, más bajo… Ya sólo es un aliento. Ya no es ni un aliento. Ya es nada.
Silencio.
¡Bernardo! ¡Bernardo!
Golpeo el tabique…
Silencio.
¡Bernardo, el cuello era demasiado estrecho y vas a poner cara de ahorcado!
¡Quítatelo!
Silencio.
……….
¡Ay, ya ha muerto mi amigo Bernardo, mi más dulce amigo!

Pablo Palacio

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Otra carta. Esta vez de Roberto Arlt a Leopoldo Marechal

Marechal por SabatBuenos Aires, octubre 30 de 1939
Querido Leopoldo:

Te escribe Roberto Arlt.
He leído en “La Nación” tu poema “El Centauro”. Me produjo una impresión extraordinaria. La misma que recibí en Europa al entrar por primera vez a una catedral de piedra. Poéticamente son lo más grande que tenemos en habla castellana. Desde los tiempos de Rubén Darío no se escribe nada semejante en dolida severidad. He recortado tu poema y lo he guardado en un cajón de mi mesa de noche. Lo leeré cada vez que mi deseo de producir en prosa algo tan bello como lo tuyo se me debilite. Te envidio tu alegría y tu emoción. Que te vaya bien.

R. Arlt

Fuente: Capítulo 93
La historia de la literatura argentina
Centro Editor de América Latina
Buenos Aires, 1981

EL CENTAURO

En una tarde antigua
cuyo paso de loba
fue liviano a la tierra
pero no a la memoria,
extraviado el sendero
que ilumina la Rosa,
vi al Centauro dormido
junto al agua sonora.

Esto pasó en otoño,
cuando la selva entorna
sus parpados y olvida
la muerte de sus hojas,
cuando el sol pinta en Aries
el clavel de la aurora,
cuando los vientos gritan
y calla la paloma.

Perdido yo entre zarzas,
desnudo entre las rocas
hollaba la temida
floresta (¡en mala hora
mis pies abandonaron
el norte de la Rosa
por el zarzal doliente,
por las oscuras frondas!)

¿Fue acaso la impaciencia
del alma que a deshoras
ha encendido el aceite
de las vírgenes locas,
y buscando en la noche
mediodías y bodas
halla sólo el semblante
que le muestra la sombra?

Si arte fue de la noche,
si navío en zozobra,
¡que lo diga el Centauro!
Yo diré mi congoja;
porque duro es el viaje
y escondida la gloria
de hablar con un centauro
junto al agua sonora.

El centauro,
Buenos Aires, Sol y Luna, 1940

 

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Carta de Jorge Luis Borges a Leopoldo Marechal

Portada Capitulo dedicada a Marechal

[Sin mención de fecha. Seguramente, 1926]
Querido Leopoldo: La felicitación pública por tus Días como flechas la hará (según decisión de Evar) nuestro gran don Ricardo [Güiraldes; alude a un comentario a publicarse en Martín Fierro]; y no quiero dejar de felicitarte privadamente. Tu libro, tan huraño a mis preconceptos, teorías y otras intentonas pretenciosas de mi criterio, me ha entusiasmado. No te añado pormenores de mi entusiasmo, para no plagiarte, pues todavía estoy en el ambiente de tus versos leídos y releídos.
Sin embargo ¡qué versos atropelladores y dichosos de atropellar, qué ventura para la sentada poesía argentina!
Vuelvo a felicitarte y me voy.

Jorge Luis

Fuente: Capítulo 93
La historia de la literatura argentina
Centro Editor de América Latina
Buenos Aires, 1981

CANCIÓN

El Río de tu Sueño cantará el abecedario del agua.
Tendrá árboles, como llamas verdes
chisporroteando alondras;
y altos bambúes cazarán el girasol de las lunas
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

El alba será un loto que perfuma
la muerte de tus noches;
de picotear estrellas estarán ebrios tus pájaro-moscas.
Habrá remansos y un polen que hace dormir al viento
en el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

Con mi remo al hombro he visto zarpar cien días.
Mis hermanos pelarán la fruta del mundo, la más roja…
Con mi remo inútil, a lo largo de las noches,
busco el Río de tu Sueño que sólo tú remontas.

Días como flechas,
Buenos Aires, M. Gleizer, 1926

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Espacio, violencia y ficción en la obra de ROBERTO ARLT un libro de ZENDA LIENDIVIT.

Vida de monstruos

El Mal del lado de la rebelión; el Bien, de la obediencia y la regla, afirma Bataille: Roberto Arlt sigue esta premisa al pie de la letra, la ejerce con la fidelidad de un creyente, la interioriza para devolverla como forma de acceso tanto a la realidad inmediata como también a la actualidad. La nuestra. Todos somos, de alguna manera, sus personajes-monstruos; la ciudad como maquinaria voraz no ha cesado de funcionar, sólo ha modificado, tecnología de por medio, sus modos de acción.

Literatura y Política
La rebelión y la regla

… la libertad, incluso después de destacadas sus posibles relaciones con el Bien, se halla como Blake le dice a Milton, “del lado del demonio sin saberlo”. El lado del Bien es el de la sumisión, el de la obediencia. La libertad es siempre una apertura a la rebelión y el Bien se vincula con el carácter cerrado de la regla.
G. BATAILLE / La literatura y el mal

La ciudad de Arlt está regida por los mecanismos con los que la técnica se manifiesta en la metrópolis: aceleración, movimiento y cambio. Las recurrentes metáforas tecnológicas presentes en su narrativa, no sólo para describir una atmósfera o un sitio sino una sensación, un sueño, una idea, estarían dando cuenta de que la técnica ya conforma los más recónditos espacios tanto de la ciudad como también del hombre. Pero es esta ciudad-máquina la que presiona a sus habitantes hacia sus destinos, es la ciudad la que se pone en funcionamiento para elaborar sus productos y sus desechos. Y es con sus propias reglas que los personajes intentarán resistir al engranaje, con invención y desplazamientos. Ese acto de inventar se opondrá al mundo instituido y normalizado y los rescatará de la disolución en manos de la gigantesca maquinaria de la vida cotidiana. La certeza de la imposibilidad del afuera presente en toda la obra de Arlt muestra su rechazo a cualquier utopía mítica del pasado, a toda promesa liberadora del presente, y principalmente, a realizar cualquier historia del presente. El uso político de su literatur

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a está dado por un sistema de correspondencias donde su obra se transforma, como aquello de lo que no se puede librar (ni nombrar), en un mecanismo. El conflicto no radica en la lucha entre el bien y el mal o entre clases (Arlt ubica a casi todo en el mismo plano sujeto a destrucción) sino que al acelerar el mal, sin oposición alguna, en un gesto que se corresponde con las transformaciones que está realizando la técnica en la vida de los hombres, ofrece una perspectiva que va tanto hacia delante como hacia atrás y que se funda, precisamente, en el movimiento y en el centro fuera del centro como punto de observación. Sin caer, otra vez, en las orillas de Borges: Arlt no lee mal la literatura ajena para fundar la propia ni se ubica en una orilla geográfica para no olvidar del todo la tradición propia que reclama y la gran tradición extraña que se desea; Arlt lee mal hasta el propio idioma para desnudar que tanto el bien como el mal funcionan igual e intercambian roles al tirar abajo cualquier jerarquía (incluida la tradición). Al fin y al cabo, Dios se aburre igual que el Diablo.
El deseo es la fuerza motriz que mueve la obra de Arlt. No solamente deseo del otro como factor que me configura a través de la posesión y se convierte a la vez en superficie de exploración sino también deseo de conocer, de saber algo que, evidentemente, hay que conquistar para ser. Los personajes de Arlt habitan a la intemperie de las pasiones, y ése es su principal problema. No comulgan con la forma de vida metropolitana articulada por la eficiencia, la productividad, la repetición. Funcionan como intermediarios, a la manera que lee Heidegger a Hölderlin, o Baudelaire a Poe, de esas iluminaciones que caen como rayos sobre los cuerpos y que concentran, al mismo tiempo, la salvación y la condena. Están perdidos de antemano, pero esa perdición es lo único que los constituye y los configura en un mundo que se antoja monstruoso precisamente por su informidad. Las instituciones de la vida burguesa, como el matrimonio, la familia, el trabajo asalariado y sus espacios de ocio y cultura, son los mecanismos que controlan y administran el tiempo y el cuerpo de sus usuarios y que, a la vez, constituyen la regla. Regulan tanto las pasiones como la razón en aras de un objetivo que parece estar un poco más allá, pero que difícilmente sea el tiempo presente: éste está siempre caduco, es un tiempo que se vuelve pasado muy rápidamente, extraviando las posibilidades de ser experimentado. Al sistema metropolitano capitalista, mientras saquea el presente, le interesa principalmente el futuro: la técnica y el capital siempre pueden acumularse y expandirse un poco más. La verdad parece entonces desplazada hacia adelante. El moderno está agitado por múltiples estímulos pero suspendido por este proyectarse siempre al futuro, al placer postergado o disciplinado, a la dosificación de la inutilidad, al descrédito de la sinrazón. Este entretanto, entre la intensidad y las horas muertas, no admite concesiones en los personajes de Arlt. No hay amor posible que no fuera prostituido o degradante así como tampoco formas de ocupar el tiempo que no fueran al margen de cualquier valoración positiva. El sexo deberá ser, necesariamente, sexo improductivo, cuerpos que se atraerán para repelerse y terminar por excluirse aun más hasta la desintegración. El espacio de la comunión erótica es, nuevamente, el de la ficción. La realidad, el mundo de lo real, sólo puede cobijar ese erotismo que no suspende la discontinuidad del ser sino todo lo contrario, lo acelera hasta la muerte, como cuando Erdosain asesina a la bizca y luego se suicida. El fin último de los personajes de Arlt es esto: la muerte, porque como analiza Bataille en La literatura y el Mal cuando habla de ella: “El ser aislado se pierde en algo distinto a él. Poco importa la representación que demos de esa otra cosa. Es siempre una realidad que trasciende los límites comunes. Es incluso tan profundamente ilimitada que en realidad no es una cosa: es nada”. El proceso que lleva a esa nada, en Arlt, es la creación de monstruos que rompe a la vez su relación con Dios y se empeña en la construcción del mal. Bataille, en el capítulo dedicado a Sartre y Genet del mismo libro, al referirse a la oposición entre sociedad de consumo (que representaría Genet) y sociedad productiva, y la condena de Sartre a la primera, reflexiona que precisamente el consumo inútil se opone a la producción como lo soberano se opone a lo subordinado. “En cualquier caso, nadie puede ir –como Sartre al parecer pretende hacer- de la libertad a la concepción tradicional del Bien de acuerdo con lo útil”. La literatura de Arlt, inserta en la sociedad capitalista de Buenos Aires entre las décadas del ‘20 y el ‘30, muestra que ninguna habitación que tenga como premisa al bien podrá conducir a otro sitio que no fuera la serie, la masa, la domesticación, la mediocridad o la esclavitud asalariada. Los personajes de Arlt (y Arlt mismo considerado desde esa óptica) no dejan de ser residuos de la sociedad a la que enfrentan, que equivale a decir que el propio sistema halla su justificación en sus producciones. Así sean éstas del lado del bien, como los adelantos tecnológicos en todos los ordenes, los progresos sociales, el ordenamiento de la ciudad, como del lado del mal, el hombre singular, el rebelde, el criminal o las formas de habitabilidad de las clases bajas, como las villas, los asentamientos y las casas tomadas, verdaderas contra construcciones por sus tipologías y por sus formas de posesión del suelo (y sobre todo, por la poca redituabilidad de las mismas). Las transformaciones aceleradas de la metrópolis moderna, tanto a nivel edilicio como poblacional, social y económico, sirven a la vez como espacio moviente de estas intensidades malditas y de alguna forma se espejan en ellas. El cambio y la velocidad, elementos tan característicos de la modernidad, actúan tanto en la producción y acumulación de los bienes como de sus residuos. La aceleración, que en realidad es el elemento diferencial con relación a las épocas anteriores, muestra que, en algún punto, bastante pronto, todo empieza a sobrar, a convertirse, otra vez como diría Bataille, en consumo improductivo. En derroche. Sobran mercancías y sobra gente. Ese sobrante no puede retomar el proceso productivo porque está destinado al descarte, y a gran velocidad porque la maquinaria no se detiene. Todo lo contrario. El mal se convierte en la única alternativa posible. La elección en el mal, entonces, se acerca al concepto de destino y se aleja de la libertad de elección.
Pero como el tiempo en las obras de Arlt es un presente que se reproduce continuamente, el desecho que busca autonomía no tiene pasado ni futuro: “…le hacía apetecer una existencia en la cual el mañana no fuera la continuación del hoy con su medida de tiempo, sino algo distinto y siempre inesperado, como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas, donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secreta de hoy, y la dactilógrafa aventurera una multimillonaria de incógnito”. Es voluntad pura -aún a sabiendas que es otra ficción, que busca alguna forma de salvación siempre singular.

El presente texto es un fragmento del libro “Vida de Monstruos. Espacio, violencia y ficción en la obra de Roberto Arlt” (Capítulo 3, El mecanismo) / Zenda Liendivit (Contratiempo Ediciones, Buenos Aires, 2010)

COLECCIÓN LITERATURA ARGENTINA
Vida de MONSTRUOS
Espacio, violencia y ficción en
la obra de ROBERTO ARLT
ZENDA LIENDIVIT
Ensayo / 160 págs.
Contratiempo Ediciones
Septiembre 2010

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