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Vamos encontrando ejemplares raros, agotados o descatalogados … Elogio de la Berenjena por Abel González

Elogio de la Berenjena de Abel Gonzalez Personajes de la historia y la cocina

Anécdotas y recetas de cocina de gente muy famosa 

Este libro propone un ejercicio inédito: espiar por el ojo de la cerradura para ver de cerca la cocina de algunos personajes famosos. Picasso, James Joyce, George Sand, Marilyn Monroe, Rossini, Caruso, Freud, el general San Martín, Simón Bolívar, Gardel, Fangio, Kafka, Perón, el Che Guevara, Cortázar y García Márquez, entre muchos otros, se sientan a la mesa para mostrar la intimidad de su paladar y contar, de paso, sus recetas favoritas.

El autor parte de la premisa antropológica de que todo lo que se lleva a la boca -tanto lo crudo como lo cocido alcanza para definir una civilización entera. Y lo mismo ocurre con los individuos. Porque no es igual aquél que almuerza unas tostadas con caviar que ese otro que se despacha -lo más campante- un pan flauta con mortadela y queso.

El relato de época, la anécdota, la biografía fantasiosa, el comentario gastronómico y el recetario de cocina se unen aquí para componer un repertorio desopilante, que sólo busca entretener. Así, los personajes que figuran en este libro comen no sólo para saciar su apetito (que también lo tuvieron) sino para que el lector sepa mejor cómo fueron y cómo vivieron en algún momento de su existencia.

Elogio de la Berenjena por Abel González

Anécdotas y recetas de cocina de gente muy famosa

1a ed. – Buenos Aires : Javier Vergara Editor, 2000

318 p. ; 23 x 15 cm

Estado: muy bueno

Precio $ 190.-

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Viaje final. Cuento de Pablo Palacio. Autor que conocí a través de la revista La balandra.

Nacido en Ecuador en 1906, este casi ignorado autor es considerado una rareza por diferenciarse completamente de la literatura que predominaba en su país. Algunos críticos lo han asociado a Kafka, Pirandello, Eça de Queiroz, Proust, Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Vicente Huidobro. Aunque los ecos de todos ellos están en su extensa obra, Palacio sorprende por su personalísima originalidad, la capacidad de moverse entre géneros y la actualidad de sus textos. Con una vida tortuosa, publicó su primer libro a los veinticuatro años: Un hombre muerto a puntapiés, al que le siguió la novela Débora (1927). Completan la piedra angular de su obra “Comedia inmortal”, publicada en 1926 en la revista Esfinge, de Quito, y “Vida del ahorcado” (1932), pero fue autor también de poemas, artículos periodísticos y filosóficos. Acosado por el fantasma de la locura desde 1936, se internó en el manicomio Lorenzo Ponce, de Guayaquil, en el que falleció en 1947.

Fuente: Revista La balandra
Buenos Aires
Link a  Revista La  balandra

Viaje final
Junto a este cubo mío, el otro, sólo un delgado tabique de por medio. En ese cubo vivía mi amigo y éste era el más dulce amigo.
Todos los días nos decíamos.
–¿Cómo has amanecido? Buenos días.
–Hola, buenos días. ¿Cómo has amanecido?
Y nos dábamos palmaditas en las espaldas y sacábamos a los ojos nuestra alegría de camaradas que son dulces amigos.
Nos hemos comunicado nuestros grandes planes y el hambre a los dos juntos nos ha devorado. El mismo ojo agudo, la misma oreja fina.
Luego, ya entrada la noche como una vez amanecido:
–Hasta mañana, Bernardo. Pásalo bien.
–Sueña con los angelitos, Andrés; hasta mañana.
¿Por qué, entonces, ahora, Bernardo, dulce amigo mío, en vez de hacer la despedida de costumbre, has tenido la indiscreción de comunicarme tu próxima muerte y tu deseo de no ser interrumpido?
–Sí, Andrés, adiós. Voy a coger una pulmonía.
Adiós, Bernardo. Ya sabes que yo lo siento inmensamente.
Y has tomado sitio en tu pequeño cubo, asegurando tu soledad por dentro, estirándote de espaldas esperando.
Yo he pasado toda la noche en vela, la oreja pegada al tabique arrodillado de este otro lado de tu lecho.
Primero todo era tranquillo como en el más tranquilo sueño.
Después tosías, ¡cómo tosías, amigo Bernardo! Cúju, cúju. Cúju, cúju. Cúju, cúju.
Ahora te agitas, ahora cruje el lecho. Te levantas, ¿te levantas, amigo Bernardo?…
Agua, agua. Te pasa el agua a grandes golpes por la garganta, como la fuga atropellada de una represa a través de un tubo demasiado estrecho.
Luego te tranquilizas. Ya estás bien así.
Una hora, otra hora.
Me vence el sueño y caigo dormido por un minuto, sólo por un minuto, que yo he pasado toda la noche en vela.
Ahora viene el sobresalto.
Estás muriéndote, Bernardo. Oigo tus quejidos bajitos pero desgarradores. Tus gemidos… Tus gemidos y tus gemidos, ay, ¿hasta cuándo?
Nosotros éramos los más dulces amigos ¡y yo de aquí no puedo moverme para auxiliarte
o por lo menos para verte ahí cerca!
Bernardo, me has ayudado a matar el tiempo. ¿Qué hubiera sido de mí solo en las horas calladas? Bernardo, me siguen como la sombra tus ojos azules, en medio de lo negro, sin pestañear, dulces, cordero degollado.
Ya aparece, al lado del gemido, un ronquido como de fuelle que quiere aire.
“Ay… ggoro-gorr”… “Ay… ggoro-gorr”
Después ya no hay gemido. Sólo ese ansioso tirar del aire desesperadamente, cada vez más fuerte y más fuerte, llenando todo el cubo con el sonoro escándalo que levantas por no dejarlo. Lo odias y lo amas.
¿Lo amas, Bernardo?
“Ggoro-gorr… Ggoro gorr”
Se hincha el fuelle de tu garganta, ya no hablarás otra vez conmigo.
Ya el ronquido se debilita. Cada vez más bajo, más bajo, más bajo… Ya sólo es un aliento. Ya no es ni un aliento. Ya es nada.
Silencio.
¡Bernardo! ¡Bernardo!
Golpeo el tabique…
Silencio.
¡Bernardo, el cuello era demasiado estrecho y vas a poner cara de ahorcado!
¡Quítatelo!
Silencio.
……….
¡Ay, ya ha muerto mi amigo Bernardo, mi más dulce amigo!

Pablo Palacio

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El escritor, su tiempo y su obra. Héctor Libertella

La Libreria Argentina de Libertella tapaLa librería argentina

I

LUNÁTICOS

La lectura solar se practica en la cubierta de este barco del lado de arriba, Superficie / sentina . Envejece al texto porque lo deja prisionero de una sola mirada; lo interpreta. Allá arriba, en efecto, los libros se amarillean como el papel y la tinta.
De tanta luz que despide, el lector omnímodo hace todo paradójicamente ilegible.
Acá abajo en cambio, en la sentina del barco, el agua se ha filtrado y deshizo en parte los volúmenes. Para recuperarlos serán necesarios distintos tratamientos de la sustancia. La bodega está oscura y el ojo lee un poco a ciegas, un poco a tientas. (Tendremos que adivinar las letras bajo la capa de agua.)
Aquí es donde la literatura argentina se somete a la correosa materia líquida. Algo habrá en los libros, algo de blando y difícil de atrapar, como si fueran peces, pequeños: pequeños seres líquidos que se adueñaron de todos los rincones.

JOSÉ EDMUNDO CLEMENTE, bibliotecario: “La humedad de un texto, mal que mal, puede solucionarse. Pero si hay algo destructor es la luz del sol. Un texto quemado es un texto perdido”.

III

EL CORTE

ANTIGUA “Librería” de calle Reconquista n° 72, Buenos Aires. Regreso de alguna planta de este edificio. Vengo, tal vez sin haber salido del barco, para recordar que dos horas atrás compré en el salón de venta al público el conjunto de ficciones que dará origen a este volumen. De un anaquel a otro se desplazaban viejos, queridos relatos (ellos vuelven y vuelven en casi todas las páginas). Y así exactamente como dispuse ese material en mi portafolios, bajé entonces al azar de un Coloquio Internacional de Crítica programado en el entrepiso.
Encontré en ese Coloquio, cómo llamarla, una especie de unción hacia los antepasados, una suerte de siesta tendida a la sombra de ellos, la rutina casi antropofágica de querer “comerles” su estilo, su persona, su genio. De modo que, leyendo los libros de mi maletín, yo pensaba: ¡pero si Argentina es exactamente al revés; no las lecturas comunes de una tradición, sino una tradición de lectura! ¿No será ahí donde se genera lo distinto o diferencial de cada grupo? ¿Por qué no trabajar un poco esa loca noción de Nación? ¿Cuáles serán las bisagras, los roces de goznes de piezas de su maquinaria, cuál el anzuelo que cualquier lector ha lanzado al pique de la letra desde que empezó a leer, desde chico? ¿Será aquí de una manera, y en otros lugares de otra manera? Estar hurgando allá abajo, en el entrepiso, entre esos “efectos personales” de los libros de mi portafolios o neceser, me permitía pensar en escala ciertos problemas de distancia y diferencia aplicados a los hechos enigmáticos de la lectura. (1)

(1) En el barrio neoyorkino de Queens, como en otras ciudades del ancho mundo, ciertas carnicerías exhiben pizarrones con el dibujo de vacas cuidadosamente seccionadas por líneas de puntos. Un título grande, – ¿marca de fábrica? – debajo de la vaca dice: EL CORTE ARGENTINO

La librería argentina
Héctor Libertella.
Córdoba [Argentina]: Alción Editora, 2003.
112 págs. ; 21 cm.

Dice Gonzalo León para Revista Ñ sobre Héctor Libertilla, su escritura y el libro La librería argentina:
“La Librería Argentina (Alción, 2003). La estructura que se repite –capítulos breves, no necesariamente conectados, que recurre a distintos géneros (algunos más ensayísticos, incluso presentaciones de libros, y otros derechamente poemas)–, podríamos llamarla, en lenguaje libertelliano, la arquitectura.

La Librería…, pese a ser un libro más ensayístico, tiene esta arquitectura. Aunque comienza con un texto que podría estar en un libro de narrativa: “La lectura solar se practica en la cubierta de este barco, del lado de arriba, superficie/sentina”. En La arquitectura…, en cambio, las primeras páginas bien podrían ser el inicio de un libro de ensayos […]

[…] otra de sus preocupaciones: la vanguardia. Ser o descubrir qué es vanguardia. En Librería… dedica un capítulo entero a analizar la obra de Daniel Guebel (Arnulfo, La perla del emperador, entre otros) y lo que vendría siendo “vanguardia en los años noventa”.

Nos podemos detener en otro cóctel que ofrece en La Librería…, al asociar a Kafka y a Borges con un ministro de estado francés: “Lo kafkiano y lo borgeano son adjetivos o atributos atribuibles a Kafka o a Borges. Pero qué decir cuando es un sustantivo el que emerge de un apellido. Desde la misma tapa, el título de este libro (se refiere a Siluetas de Luis Chitarroni) remite a Etienne de Silhouette, aquel severo ministro de Finanzas que dibujaba a los contribuyentes del estado como contornos en un pizarrón. Su nombre propio creó una Francia hecha de millones de ‘siluetas’”. No es casual la presencia fantasmagórica de Borges en los libros de Libertella, hay algo ahí que nos da una pista de lo que desarrollará como “concepto literario”. Sin ir más lejos, A la santidad… podría interpretarse como la versión libertelliana de Historia universal de la infamia.”
Héctor Libertella nació en Bahía Blanca en el año 1945 y falleció en el 2006.
Enseñó literatura en las universidades de New York, México y Buenos Aires. Fue editor en distintas casas de América Latina y también investigador de carrera en el Conicet.
Sus obras merecieron distinciones tales como el 1° lugar en el Premio Primera Plana, el Paidós de Novela, el Internacional Monte Ávila en Caracas y el Juan Rulfo 1986 concedido en París.

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